´ACTIVIDAD FÍSICA COMO PREVENCIÓN Y TERAPIA EN DIVERSAS ENFERMEDADES.

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Hace unos dos millones y medio de años comenzó a desarrollarse, por primera vez, el género Homo, que se diferenciaba de los primates bípedos que evolucionaron en el continente africano, en un aumento del cerebro y de la inteligencia, lo que permitió un uso tecnológico de la mano, hasta entonces, exclusivamente prensil. El Homo habilis comenzó a fabricar herramientas talladas por las dos caras ("bifacies") hace aproximadamente 1 millón y medio de años y fue capaz de salir de África y expandirse por el Viejo Mundo, llegando a Europa hace unos 800.000 años. Al menos así lo demuestran los yacimientos de la Gran Dolina, en la Sierra de Atapuerca (Burgos), donde se ha encontrado al llamado Homo antecessor, que convivió hace 300.000 años con formas primitivas de Homo neanderthalensis.

El ADN mitocondrial heredado por vía materna nos ha permitido averiguar el nicho ecológico africano en donde se dio el salto cualitativo hace unos 150.000 años que supuso la aparición del hombre moderno (Homo sapiens sapiens). Este nuevo homínido desarrolló un razonamiento simbólico que le permitió planear cacerías, crear formas artísticas, lograr un lenguaje complejo y desarrollar una cultura que extendió por todo el mundo. Todavía no conocemos exactamente los cambios evolutivos, pero probablemente fue determinante la ingesta de mariscos y pescados como fuente dietética muy importante dado el carácter litoral de sus desplazamientos. Un ácido graso poliinsaturado de cadena larga presente en los lípidos de peces y mariscos, el docosahexaenoico, debe haber tenido mucho que ver dadas sus características físico-químicas únicas que posee y que seguramente facilitaron un polimorfismo genético que afectó a la capacidad de modificación y creación de circuitos neuronales que acabaron conformando el extraordinario cerebro del hombre moderno.

Muchas de las enfermedades actuales no estuvieron presentes, probablemente, en el hombre prehistórico nómada. Por ejemplo, la viruela, el sarampión, la tos ferina, las infecciones entéricas. El escaso número de los grupos humanos de entonces (se calcula que el Homo erectus habitaría el planeta con una densidad de población de 1 cada 10 km2), y el escaso contacto con otros grupos no permitía la transmisión directa de este tipo de enfermedades. Quizás pudo padecer tuberculosis, lepra, treponematosis, que por su cronicidad son patologías que pudieron sobrevivir en aquellos pequeños grupos. Pudo adquirir enfermedades transmisibles conservadas por los animales (zoonosis) o sufrir rabia transmitida por los lobos o murciélagos o neumonías producidas por histoplasmosis, también pudo verse afectado de diversos arbovirus transmitidos por primates o fiebre amarilla selvática cuyos reservorios son los monos perezosos, pero en general, la mayoría de los fallecimientos se deberían a traumatismos y sus complicaciones y a lesiones accidentales sufridas en las cacerías.

Cientos de miles de años de evolución como cazadores recolectores nos llevaron, hace unos 9.000 años, a las poblaciones sedentarias, pero físicamente activas, de agricultores y ganaderos. Este nuevo ambiente en el que se desarrollaba nuestro genotipo incluía cambios muy importantes en nuestra dieta pero mantenía una actividad física intensa dedicada a una agricultura precaria y a una ganadería que exigía un intenso trabajo físico. Enfermedades como el paludismo que pudieron existir en el Paleolítico, debieron incrementarse notablemente con la formación de núcleos mayores de población estable y con el desarrollo de la agricultura, pero la gran explosión debió de darse en las enfermedades infecciosas y parasitosis que crecieron al par de la densidad de población y la dependencia de una agricultura de subsistencia en la que una racha de malas cosechas podía provocar hambrunas nefastas. Recordemos una situación reciente provocada por la dependencia en exclusiva a un alimento, la patata. Debido a las características agrícolas de su producción (la patata es la cuarta planta de más rendimiento del mundo), los campesinos irlandeses dependían totalmente de ella (se dice que en Irlanda, un campesino consumía de 5 a 6 kg diarios). En 1845, tras tres semanas de lluvia las patateras se infectaron con un hongo y la producción se destruyó. La consecuencia fue no solo la muerte de más de un millón de personas, sino una de las emigraciones colectivas más grandes de la historia, llevando a Norteamérica a más de 1,6 millones de irlandeses.

La revolución tecnológica nos ha llevado desde hace menos de treinta años a cambios dietéticos aún mayores y, sobre todo, a la inactividad física, conformando un reto en el presente que da plena vigencia a lo que el Dr. Cárdenas, uno de los cronistas de Indias, señala en sus escritos; "es muy raro ver a un indio quejarse, ni enfermar de reuma, ijada, mal de orina u otros males que tan continuos y ordinarios son en los españoles, pues a los mozos y muchachos no perdonan". Anota que el chile y las tortillas de maíz ayudan al indio a limpiar su cuerpo de malos humores y el ejercicio hace lo demás. En cambio, los españoles comían más y hacían menos ejercicio y además, dice: "los españoles hacen comidas guisadas o aderezadas con manteca de cerdo, mientras que los indios usan el aceite que le dan sus palmeras".

En 1976, el Dr Frank Speizer comenzó un estudio en colaboración con el Instituto de la Nacional de la Salud en los Estados Unidos de Norteamérica. Se trataba, inicialmente, de comprobar las consecuencias del uso de anticonceptivos orales en mujeres, para lo cual, diseñó un estudio longitudinal llamado “The Nurses’ Health Study”. Comenzó con un cuestionario que aplicó a 122.000 enfermeras de entre 30 y 55 años, pertenecientes a los 11 estados más poblados. En 1989, tras el éxito inicial, el Dr Walter Willet1 comenzó un segundo estudio en 125.000 mujeres a las que se aplicaron cuestionarios y en un tercio de los casos, se completó con extracciones de sangre para obtener niveles hormonales y marcadores genéticos, junto a colonoscopias y encuestas de alimentación. El estudio dio lugar a más de 100 publicaciones en revistas médicas, pues bien, a los 24 años del comienzo del estudio, habían fallecido 10.282 mujeres, 2.370 por causa cardiovascular, 5.223 por cáncer y 2.689 por otras causas. Entre otros factores estudiados, de manera sorprendente, el resultado del seguimiento estableció que las mujeres obesas y sedentarias presentaron un riesgo 2,5 veces mayor de muerte prematura que las activas y delgadas2.

Gregg3, en 2003 realizó un estudio en 7.553 mujeres mayores a las que siguió su evolución durante más de 6 años, encontrando una relación estadística entre la realización de actividad física y las muertes por eventos cardiovasculares. Tipton4 en 1984 ya había publicado una revisión sobre los efectos del ejercicio en la hipertensión arterial en la que se analizaban más de 50 trabajos longitudinales llevados a cabo en humanos y en animales, llegando a la conclusión de que existían suficientes datos, obtenidos por la experimentación, para asegurar que la actividad física disminuía la presión arterial basal en los hipertensos. Hagberg5 en una revisión más reciente en la que se incluían los 15 últimos trabajos publicados hasta el año 2000, concluye que el ejercicio físico disminuye la presión arterial hasta en un 75% de los enfermos tratados con actividad física.

Ahora conocemos con bastante precisión la relación inversa que existe entre el ejercicio físico y el síndrome metabólico6, del mismo modo que sabemos los efectos beneficiosos del entrenamiento físico en la prevención y tratamiento de la enfermedad coronaria7, patologías a las que se van sumando una a una, nuevas evidencias de prevención primaria, prevención secundaria y apoyo terapéutico del ejercicio físico. Booth8, uno de los mas prolíficos investigadores en este campo, escribe en 2002 un artículo con el título: “Haciendo la guerra al sedentarismo” en el que afirma que nuestro genoma no encuentra una expresión adecuada en un ambiente ausente de una intensa actividad física, inaugurando toda una serie de publicaciones en la misma línea argumental.

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